Cubatags
Volver a Noticias
Cubatags Noticias Análisis

La Sombra Eléctrica: Cuando el Apagón Es Más que la Falta de Luz

Carmen Valdés
La Sombra Eléctrica: Cuando el Apagón Es Más que la Falta de Luz

Los apagones prolongados en Cuba, que superan las 1.400 MW de déficit y alcanzan hasta 24 horas diarias, son el síntoma más visible de una crisis sistémica que abarca desde la infraestructura energética obsoleta y la escasez de combustible hasta la represión estatal y la vida cotidiana de millones de cubanos. La desconexión entre el triunfalismo oficial y la dura realidad de la población se agudiza, mientras el Estado criminaliza la desesperación y agrava el colapso de servicios básicos como el agua.

En resumen — Los apagones prolongados en Cuba, que superan las 1.400 MW de déficit y alcanzan hasta 24 horas diarias, son el síntoma más visible de una crisis sistémica que abarca desde la infraestructura energética obsoleta y la escasez de combustible hasta la represión estatal y la vida cotidiana de millones de cubanos. La desconexión entre el triunfalismo oficial y la dura realidad de la población se agudiza, mientras el Estado criminaliza la desesperación y agrava el colapso de servicios básicos como el agua.

Cuando Gely la Flaki, una madre cubana, graba un video para sus redes sociales mostrando cómo improvisa croquetas con huesos de pollo, tres malangas y sin pañales para sus dos hijas pequeñas, está haciendo más que documentar un almuerzo; está mostrando, en carne propia, la cruda realidad de los apagones. Una de sus hijas, de solo dos años, se orina en el piso porque no hay pañales, mientras la incertidumbre de los apagones amenaza servicios básicos; al final del video, una cubana en el exterior resume el sentimiento colectivo: "gracias a Dios tenías agua y corriente". Sin embargo, la corriente es una quimera para millones, y la crisis energética, lejos de ser un mero inconveniente, se ha convertido en el catalizador de un colapso que permea cada aspecto de la vida en la isla.

La desconexión entre la narrativa oficial y la realidad diaria alcanza niveles casi absurdos. Mientras familias enteras sortean apagones de hasta 24 horas, la Central Termoeléctrica Carlos Manuel de Céspedes de Cienfuegos se prepara para desfilar el Primero de Mayo con una réplica de su chimenea, promocionándola como símbolo de "estabilidad", según reportó la Agencia Cubana de Noticias (ACN). La misma ACN reconoce que el humo de la chimenea no es una constante. Esta imagen, de una planta que apenas genera 80 MW en horario pico frente a un déficit de 1.400 MW en el Sistema Electroenergético Nacional (SEN), subraya la brecha entre el discurso propagandístico y el tormento real. Es una burla simbólica a la paciencia de un pueblo que no ve soluciones, sino celebraciones vacías de contenido.

La raíz del problema energético es profunda y estructural. Las termoeléctricas cubanas, las más importantes fuentes de energía del país, son antiguas y sufren averías constantes. La unidad cuatro de la CTE Carlos Manuel de Céspedes, por ejemplo, pronostica una generación mínima mientras la unidad tres tiene un historial de reparaciones fallidas. Esta situación se agrava por la escasez crónica de combustible, una dependencia histórica de socios externos que ahora se tambalea. La reciente salida de la empresa estatal petrolera de Angola, Sonangol, del proyecto Bloque 9 en Cuba por incumplimiento de pagos de 23,5 millones de dólares, expone la fragilidad de las alianzas energéticas. Aunque la compañía australiana Melbana Energy asuma el 100% de la participación, la capacidad de inversión y de exploración sigue siendo una incógnita.

Frente a la crítica falta de crudo importado, el régimen ha intentado vender como un "hito" el refinamiento de petróleo nacional, pesado y con alto contenido de azufre, en la Refinería Hermanos Díaz. El propio Miguel Díaz-Canel llegó a declarar que se "rompió el tabú de que el crudo nacional no se podía refinar". Sin embargo, esta "tecnología de termoconversión" es un proceso industrial conocido y utilizado globalmente desde hace décadas, y la refinería de Cabaiguán procesa crudo nacional desde 2010. La "proeza" de obtener nafta, fuel oil y diésel, según Granma, no se traduce en cantidades significativas ni en una mejora perceptible en la vida de los cubanos, quienes siguen esperando por el impacto real de estas "innovaciones" en sus apagones diarios.

Los apagones no solo dejan a la gente a oscuras, sino que desatan una cascada de otros problemas esenciales, el más grave de ellos, la crisis del agua. Una avería eléctrica en el impulsor de Palatino, provocada por una interrupción no prevista de energía, dejó sin suministro a una parte de La Habana. La falta de electricidad impide el funcionamiento de las bombas, y la rotura de equipos por las fluctuaciones de voltaje es constante. Según datos oficiales presentados a la Asamblea Nacional del Poder Popular, cerca de dos millones de personas –el 20,8% de la población– sufren afectaciones en el abasto de agua, una cifra oficial que probablemente subestima la magnitud del problema. La vida cotidiana se vuelve una lucha por lo básico: sin electricidad, sin agua, y con la dificultad añadida de conservar los pocos alimentos disponibles en un país donde la inflación ha disparado los precios hasta niveles inalcanzables para el salario promedio, que oscila entre 5.000 y 6.000 pesos cubanos (CUP), equivalentes a unos 13 dólares al tipo de cambio informal.

Ante la magnitud del colapso, el Gobierno ha optado por una estrategia de criminalización y búsqueda de chivos expiatorios. El robo de aceite dieléctrico —un fluido aislante y refrigerante esencial para el funcionamiento de los transformadores— ha sido elevado a la categoría de "asunto de seguridad nacional". El Tribunal Supremo Popular, a través del Dictamen 475 de mayo de 2025, ha dispuesto que dañar o inutilizar medios del Sistema Electroenergético Nacional (SEN) puede ser calificado como sabotaje, con penas que van de siete a quince años de cárcel. Se ha reportado la detención y acusación de sabotaje a tres hombres en Sancti Spíritus por robar 120 litros de este aceite, que en el mercado informal se vende a 1.700 pesos el litro, según mensajes en grupos de Facebook. Esta mano dura contrasta con la falta de soluciones estructurales y desvía la atención de la responsabilidad de un sistema que no funciona.

La represión se extiende a quienes alzan la voz. Jonathan Muir Burgos, un adolescente, espera juicio en una cárcel de adultos acusado de sabotaje por participar en una protesta contra los apagones. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) le otorgó medidas cautelares, advirtiendo que "sus derechos a la vida, integridad personal y salud están en riesgo de daño irreparable" y que su detención "tendría por objeto intimidar y, con ello, silenciar al beneficiario". Este es un reflejo de cómo la crisis energética se imbrica con la crisis de derechos humanos y la libertad de expresión en la isla. La sociedad está cansada, como bien lo expresa la usuaria de TikTok @dr.aloma, quien arremete contra quienes dicen no querer saber de política: "no es que no sepas indagar, es que no sabes ni siquiera leer", porque la política se ve en los niños que se acuestan sin comer y en los diez días sin corriente.

Incluso los cambios en la cúpula energética son percibidos con escepticismo. La sustitución de Alfredo López Valdés como director de la Unión Eléctrica (UNE) por Rubén Campos Olmo, proveniente de la termoeléctrica Antonio Guiteras —conocida por su inestabilidad—, es visto más como un reajuste de piezas que como una solución de fondo. El nuevo director de energía del Ministerio de Economía, antes al frente de la UNE, tendrá ahora a su cargo la planificación integral del sector, una tarea hercúlea en un contexto de recursos menguantes y promesas incumplidas. La realidad es que, mientras no haya una inversión real en la modernización de la infraestructura, una diversificación efectiva de las fuentes de energía y una gestión transparente de los recursos, los apagones seguirán siendo la sombra persistente que define el día a día en Cuba, forzando a millones a una odisea diaria de supervivencia y resiliencia. La pregunta no es si habrá luz, sino cuándo volverá a irse.