La presión máxima de Trump y el silencio calculado de La Habana: por qué el régimen cubano ya no responde a los golpes
Entre drones, sanciones en cascada y un país que se desmorona por dentro, Miguel Díaz-Canel ha optado por bajar el tono. Los antecedentes muestran que ese silencio no es debilidad estratégica sino la última carta que le queda
Rodrigo Mena
Desde mayo de 2026 Washington ha ampliado semana tras semana su lista de sanciones contra funcionarios y entidades cubanas, mientras Miguel Díaz-Canel ha pasado de las amenazas retóricas al silencio calculado. El patrón que emerge de la cobertura reciente no es el de un régimen que negocia con fuerza, sino el de un aparato que administra su propio deterioro interno mientras absorbe, sin margen de respuesta, el mayor cerco económico y diplomático desde el Período Especial.
En resumen — Desde mayo de 2026 Washington ha ampliado semana tras semana su lista de sanciones contra funcionarios y entidades cubanas, mientras Miguel Díaz-Canel ha pasado de las amenazas retóricas al silencio calculado. El patrón que emerge de la cobertura reciente no es el de un régimen que negocia con fuerza, sino el de un aparato que administra su propio deterioro interno mientras absorbe, sin margen de respuesta, el mayor cerco económico y diplomático desde el Período Especial.
Hace apenas tres meses, cuando Donald Trump amplió por primera vez las sanciones el 1 de mayo de 2026, Miguel Díaz-Canel reaccionó en cuestión de horas. Publicó un mensaje en X en el que acusó a Trump de elevar sus "amenazas de agresión militar" contra Cuba a una escala "peligrosa y sin precedentes" —tras conocerse que Washington evaluaba desviar hacia el Caribe el portaaviones USS Abraham Lincoln— y llamó a la comunidad internacional a "tomar nota", según recogió 14ymedio. El 23 de julio, cuando el Departamento de Estado sancionó a nueve entidades más —incluida la Terminal de Contenedores de Mariel— y, además, al ministro de Salud Pública en funciones, José Ángel Portal Miranda, la respuesta oficial se redujo a un tuit del canciller Bruno Rodríguez. Ni Díaz-Canel ni el primer ministro Manuel Marrero se pronunciaron. Ese contraste, documentado por el diario independiente 14ymedio el 24 de julio, no es un matiz protocolar: es el síntoma de una estrategia que ha cambiado de fase.
El patrón que surge al comparar meses de cobertura no es el de un Gobierno que negocia desde una posición de fuerza tácita, como sugería el propio Marco Rubio al describir conversaciones "realistas y pacientes" con La Habana. Es el de una administración cubana que ha agotado sus registros retóricos frente a una ofensiva que ya no se mide en gestos aislados, sino en un goteo semanal de designaciones. Entre el 13 y el 24 de julio, Washington sancionó primero a diez entidades vinculadas al Ministerio del Turismo y las Brigadas de Respuesta Rápida, y días después a otras nueve, entre ellas el Ceinpet —Centro de Investigaciones del Petróleo, descrito por el Departamento de Estado como brazo de investigación y desarrollo de Cupet— y la Comercializadora de Servicios Médicos Cubanos. La orden ejecutiva 14404, firmada por Trump el 1 de mayo, es el paraguas legal que sostiene esta cadencia: no una sanción puntual, sino un mecanismo diseñado para producir nuevas designaciones de forma recurrente y previsible, algo que ninguna administración estadounidense había sistematizado antes contra la isla.
Lo que distingue este ciclo de presión de los anteriores —incluido el reforzamiento de sanciones bajo la primera presidencia de Trump entre 2019 y 2020— es que ahora golpea directamente los mecanismos de subsistencia del aparato estatal cubano: el emporio militar-empresarial GAESA, el sistema de exportación de personal médico que genera una de las principales fuentes de divisas del país, y hasta la infraestructura portuaria que sostiene el comercio exterior. El Departamento de Estado ha ido más allá de la retórica sobre derechos humanos para apuntar a la arquitectura financiera del poder: en mayo dio un mes a empresas extranjeras para liquidar operaciones con GAESA, dirigida por la general de brigada Ania Guillermina Lastres Morera, también sancionada, según reportó Diario de Cuba.
Esta ofensiva económica coincide con otro frente que rara vez se cruza en la cobertura diaria pero que resulta inseparable: la denuncia, reportada por Axios y recogida por Diario de Cuba en mayo, según la cual el régimen cubano habría acumulado más de 300 drones de combate procedentes de Rusia e Irán desde 2023, con escenarios de uso que, según funcionarios estadounidenses citados por ese medio, contemplarían objetivos como la base naval de Guantánamo y Cayo Hueso. El Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (MINFAR) no desmintió la información; se limitó a replicar el discurso de "legítima defensa" del viceministro de Exteriores, Carlos Fernández de Cossío. Ese patrón —ni confirmar ni negar, solo reencuadrar como agresión externa cualquier revelación incómoda— es el mismo que ha operado con las sanciones: Bruno Rodríguez las calificó de "agresión contra el derecho humano al acceso a servicios de salud", desplazando el foco de las transferencias forzosas de personal médico documentadas por Washington hacia una narrativa de bloqueo humanitario, la misma que Cuba ha usado desde 1962.
Mientras el aparato diplomático cubano administra este cerco externo, el país que gobierna se desmorona en indicadores que ningún comunicado oficial logra maquillar. El periódico oficial El artemiseño reconoció en mayo, según reportó CiberCuba, que miles de jornaleros sin contrato ni protección social sostienen de facto la agricultura en Artemisa, uno de los cuatro polos productivos agrícolas del país, mientras el Estado es incapaz de registrarlos, protegerlos o sustituirlos. Ese vacío, según la propia cobertura de CiberCuba, ilustra el colapso del sistema de bancarización impuesto por el Banco Central desde 2023, inoperante en el campo por falta de cajeros y conectividad. El propio 14ymedio documentó en julio que 2025 fue el segundo año con más fallecimientos desde que hay registros —134.354, según esa columna del diario— solo detrás de 2021, el año del covid, un dato que rara vez se cruza con el debate sobre sanciones pero que describe el terreno real sobre el que se libra esa disputa diplomática.
La liberación de Luis Manuel Otero Alcántara el 8 de julio, tras cinco años de prisión, ofrece una clave adicional para leer este momento. En su primera entrevista en el exilio, concedida a la periodista Tania Costa de CiberCuba, el activista evitó hablar de negociaciones de Estado y fue directo a lo que el régimen no puede sancionar ni comprar: la posibilidad de una nueva movilización popular como la del 11 de julio de 2021. Su diagnóstico —«ese nivel de analfabetismo cívico que tenemos, esa especie de infantilismo... porque somos como niños que todos nos enseñó el régimen», dijo textualmente a CiberCuba— apunta a una variable que la política de máxima presión de Washington no puede activar por decreto: la disposición de la sociedad cubana a salir de nuevo a la calle bajo el mismo nivel de represión que aplastó aquellas protestas.
Ahí radica la paradoja que atraviesa toda la cobertura reciente. Washington ha construido, en apenas tres meses, el andamiaje sancionador más extenso contra Cuba desde el fin de la Guerra Fría, dirigido esta vez con precisión quirúrgica contra las fuentes de ingreso del aparato militar y médico estatal. Pero ese cerco depende, para producir un cambio real, de una variable que ni la orden ejecutiva 14404 ni el portaaviones Abraham Lincoln pueden garantizar por sí solos: que la fatiga social se traduzca otra vez en calle. Mientras eso no ocurra, el silencio de Díaz-Canel seguirá siendo, más que una concesión, la señal de que su Gobierno ha decidido resistir a base de absorber golpes en silencio, apostando —como lo hizo durante el Período Especial de los años noventa— a que el desgaste externo tarde más en quebrarlo que la paciencia de sus propios ciudadanos.
Escrito por Rodrigo Mena